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Desde los 4 o 5 años...

"Desde los 4 o 5 años..."

Noelia García

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octubre 25, 2017

AnsiedadEstigmaJuventudes

Desde los 4 o 5 años viví con miedo, miedo a no ser querida o al castigo. Esta sensación durante la adolescencia devino en aislamiento y constante depresión. Conforme pasaron los años asumí que todo ese proceso había sido normal. No obstante, a partir de los 18, 19 años comencé a experimentar ansiedad. Primero la atribuía a circunstancias particulares: estrés por la universidad, relaciones de pareja, entre otros. Pero esta sensación nunca se iba, el miedo al futuro, a quedarme sola, a morir, solo era reemplazado por diferentes temores.

Había momentos en que podía olvidarlo o mejor dicho ignorarlo, hasta que cumplí 24 años y la situación empeoró. Terminé una relación y comenzaron los ataques de pánico: sentía que moriría, no era capaz de pensar racionalmente y todo mi cuerpo reaccionaba a ello (taquicardia, escalofríos, respiración entrecortada). Comencé a ver una psicóloga y parecía que todo estaba bajo control, pero mi afán de ser perfecta y mi incapacidad de establecer relaciones sanas siempre detonaban nuevos motivos por los cuales sentirme ansiosa.

El año siguiente empecé un nuevo trabajo y estaba en una nueva relación, todo parecía haber mejorado, pero nuevamente el miedo a arruinarlo todo me llevaron a nuevas crisis. Inicié un tratamiento con pastillas, las cuales aparentemente neutralizaron la ansiedad y depresión. Sin embargo, un día el miedo ganó y perdí el control: tomé una gran cantidad de ansiolíticos que me llevaron a perder el conocimiento y terminar en emergencias. Cuando pude recuperarme sentí vergüenza y vulnerabilidad: había hecho pasar a mis papás por tanta preocupación por mi incapacidad de controlarme.

Desde ese momento mis papás empezaron a controlar mi ingesta de pastillas, no tenía acceso a ellas por el riesgo a una nueva sobredosis. En este punto sentía que había perdido todo el control de mi vida: «estoy loca», «¿Cómo voy a relacionarme con las personas?», «¿Cómo voy a mantener un trabajo si siempre somatizo el estrés?», «¿Qué va a pensar la gente de mí?». Me acostumbré a escuchar comentarios como «relájate», «todos sufrimos de ansiedad», «hay personas que tienen problemas peores» a lo que siempre quise responder «¿Crees que no lo he intentado?» «¿Crees que no sé eso?» pero no pude.

La ansiedad me llevó a renunciar a un trabajo donde me era imposible manejar el estrés. Soy profesora, así que renunciar a un colegio por la incapacidad de manejar a los alumnos y hallar estabilidad emocional era para mí un total fracaso.

Hoy en día trabajo en otro lugar, me siento tranquila y soy feliz con lo que hago. Tras pasar por diferentes psicólogos y luego de unos meses de haber sido diagnosticada con trastorno de pánico poco a poco desarrollo mecanismos para comprender mis miedos, cuáles son sus orígenes y cuán irracionales son. Mi forma de ser me permite reír de todo esto y gracias al apoyo de las personas que me quieren, especialmente mis padres, estoy aprendiendo a aceptarme: no debo ser perfecta y soy capaz de lograr todo lo que me propongo si confío en mí misma. No creo ser un ejemplo a seguir porque aún tengo mucho camino por recorrer, pero este año he crecido y madurado en diferentes aspectos y soy feliz con ello. Aún sufro recaídas que me dejan exhausta y deprimida, pero voy aprendiendo cómo superarlas y que lo mejor es decir lo que siento y no está mal pedir ayuda si la necesito.

Espero que este pequeño testimonio pueda servir para alguien que atraviesa una situación similar para que sepa que no está solo/a, que somos muchas personas que tratamos de manejar la ansiedad diariamente y lo mejor es reconocerla y enfrentarla cara a cara que ocultarla.

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