Recuerdo mis primeros días internada en el hospital; conocí a personas internadas por diversos cuadros, como bulimia, anorexia, depresión, esquizofrenia, TOC, entre otros. Las veía a todas andando en pijama, con la mirada perdida y tan decaídas que decía dentro de mí: “¿qué hago yo aquí? El lunes debo ir a la universidad y en la noche tengo reunión de mi partido político…”. En fin, tenía una vida activa y aparentemente normal. Pero ahora yo era una interna más que tuvo un intento de suicidio y con un diagnóstico con nombre y apellido: Borderline o Trastorno Limítrofe de personalidad (TLP).
Cuando ingresé al hospital lloraba y pedía a gritos salir. Sin embargo, cuando llegó el momento y fui finalmente dada de alta, conocí de cerca el estigma y la discriminación.
Me veía diferente: había subido de peso a causa de la medicación, mi motricidad se vio afectada y puedo decir que caminaba como un robot. Incluso mi madre me llevaba del brazo porque temía que me caiga, o quizá para disimular mi anormal forma de caminar.
La familia puede amarte, pero también puede sentir vergüenza de tener una persona ”diferente” en su familia. Evidentemente si caminas como robot es porque estás medicada pues estás en tratamiento por una afección mental. Sin embargo, nunca faltará alguien que consulte ¿de que está enferma? y de hecho si dices cancer tal vez se compadezcan pero si dices tiene un trastorno mental se asustarán o se alejarán de ti.
Lo siguiente que puedo mencionar y que me marcó definitivamente es que yo era una estudiante promedio, incluso sobresaliente en algunos cursos de una prestigiosa universidad de Lima. Pero por mis depresiones, crisis y todo lo que vino antes de caer en el internamiento, falté mucho a clases y tenía cursos desaprobados y ya no recuerdo exactamente si iba a trica o no pero se que mi ausencia durante los 3 meses empeoró mi situación.
Cuando salí del hospital de salud mental sólo quería seguir mi vida, recuperar esos meses según yo perdidos. Mi hermanó me ayudó a realizar los trámites y consiguió una evaluación que determinaría mi permanencia en la facultad y mi reincorporación al siguiente ciclo que iniciaba en pocas semanas. Yo estaba feliz porque podría continuar con mi vida que se había paralizado durante el internamiento.
Mi psiquiatra me indicó que no diera ese examen y que buscáramos otra solución, pues mis habilidades cognitivas se habían visto afectadas por la medicación en ese momento. Me sugirió que espere a que mi organismo asimile la medicina y así pueda retomar los estudios, tal vez al año siguiente. Pero no, yo quería recuperar mi vida y hacer como si nada hubiera pasado.
Llegó el día del examen y fui con total confianza. ¿Qué podía salir mal? Al ver mi insistencia y terquedad por dar el examen y reincorporarme lo más pronto posible, mi psiquiatra escribió una carta indicando que no debería dar ese examen debido a mi diagnóstico y la presenté a mi evaluador. Él la recibió y no le mostró importancia alguna. Me dieron una fecha en la que me entregarían el resultado, y una cita con una autoridad de la facultad que vería mi caso (pues obviamente había justificado mis faltas con la documentación del hospital).
Nunca olvidaré ese día: ingresé a esa especie de sala de juntas donde había una mesa larga. Y conocí a quien ya tenía mis resultados del examen y vería mi caso. No recuerdo casi nada de la conversación ni su aspecto, sólo recuerdo que era varón y era un cura. Hay muchos recuerdos que se fueron y hoy son sólo intervalos de tiempo perdidos, que no puedo recuperar. Lo que sí recuerdo fue su pregunta: ¿por qué quieres seguir estudiando aquí?
Y le respondí: porque es mi universidad, porque siempre quise estudiar aquí. Sólo quiero recuperar el tiempo perdido y hacerlo bien esta vez.
Entonces en tono persuasivo me dijo algo que nunca olvidaré porque cualquier persona inteligente sabe lo que significa: ¿NO HAS PENSADO EN OTRAS UNIVERSIDADES? ¿TAL VEZ UNA UNIVERSIDAD MENOS EXIGENTE?
Tímidamente, y destruida, le dije, no.
No recuerdo cómo nos despedimos o como me dio la noticia de que había sido «expulsada» no sé si ese sea el término, pero ya no podía reincorporarme. Esa era la conclusión.
Me entregaron un documento que ya ni tengo, se lo conté a mi familia y todos me dijeron el Dr. te dijo que no dieras el examen. Pero claro, es fácil decir eso cuando no se tiene la ansiedad dentro, y cuando no eres tú el que padece un trastorno mental.
Pasado el tiempo y ya con más lucidez, pensé que hasta podría rebatir esa resolución y presentarla al centro federado. Tenía documentación que me avalaba. Pero sinceramente, me sentí discriminada y dañó mucho mi autoestima. Estaba tan débil emocionalmente que no fui capaz de reclamar mi DERECHO A PERMANECER EN ESA UNIVERSIDAD.
Pocas personas saben esta historia, es la primera vez que la cuento tal cual. Pero si alguien que conoces pasa por una situación similar, sólo aconsejo a la FAMILIA, APÓYENLO/A.
Una persona con cualquier problema de salud mental puede estar tan débil de no ser capaz de defenderse a sí mismo. Así que defiéndanlo ustedes. Defendámolos nosotros, alcemos la voz por ellos. TAL VEZ SEAMOS LA ÚNICA VOZ QUE HABLE POR ELLOS.
@MIBORDERLINEYYO, tienes mucha valentía por compartir tu testimonio. No pierdas la fe y fuerza por favor! Lo que te pasó, nadie lo debe pasar, debemos tener políticas públicas inclusivas, con entidades educativas con mayor empatía y menos estatutos. Desde De-mentes, te agradecemos por compartir tu historia. No te rindas, porque no estás sola! Escríbenos a nuestro inbox o al correo de voluntariado! Nos gustaría saber más de ti. Un abrazo.
wow! eres muy valiente 🙂 Eso de por sí es un gran tesoro en ti. Totalmente de acuerdo en que, en esos momentos oscuros que esté pasando el hermano, hija, papá, tío, tía, etc., la familia debe estar con él o ella y lo hacen, en muchos casos, por el gran amor que le tienen.