En la universidad conocí a muchas personas, algunas de ellas tenían mis mismos gustos, a veces mi misma forma pensar o de ser. Al final de ese grupo y de la vida universitaria en general quedaron menos de 10 personas con las que pude tener una relación de amistad única y de las cuales aprendí mucho. Esta vez quiero hablar de un caso en particular, de una amiga que me permitió reconocer mi propio estigma sobre la salud mental. Esta amiga nos había comentado que tenía una afección de salud mental, que todavía no sabían lo que era pero que su humor siempre estaba cambiante. En ese tiempo no le presté mucha atención, supuse que era parte de esa moda “emo” que había en aquellos años. Poco a poco empecé anotar sus faltas a clases, la desmotivación en general por salir y hacer las cosas que usualmente haces en la universidad. No entendía porque no quería ir a tomar con nuestros amigos, o no nos contestaba los mensajes o llamadas. Pensé que estaba molesta con nosotras y cuando respondía comentándonos que se sentía deprimida no entendía bien el peso de esa palabra. A veces se me cruzaba por la mente que quería llamar la atención o que estaba mal por un chico. Un día nos sentamos con otra amiga nuestra a conversar sobre el tema, ese día comprendí lo ignorante que era en varios temas, lo poco empática y comprensible que había sido. Ese día mi amiga comentó, a medio de confesión, que ella iba a terapias con el psicólogo por su bipolaridad (mal diagnosticada), que había ido desde hace unos años a tratamiento y que tomaba ciertas pastillas. Esas pastillas le causaban sueño y falta de concentración, a veces los medicamentos no funcionaban y prefería quedarse en su casa que ir a la universidad donde los profesores le gritaban por quedarse dormida en clase. Le costaba mantener un promedio alto pues no siempre se encontraba bien para poder cumplir con los exámenes y trabajos. Cuando les comentaba a los profesores por lo que pasaba estos no la entendían y pensaban que eran simples excusas para salvarse de una nota desaprobatoria. Comprendí entonces que no era solo yo la que tenía un estigma o falta de conocimiento sobre la salud mental, que esto en realidad pasaba. Mi amiga pudo terminar la universidad con su propio esfuerzo y con mi total admiración, dejando atrás a esos profesores que preferirían hacerse de la vista gorda con ella subestimándola, dejando atrás a los compañeros que no entendían y preferían burlarse. Tan fuerte como el estigma es la indiferencia hacia los demás y hasta nosotros mismos, hacia nuestra salud mental como individuos y seres humanos. Mi amiga sigue encontrado su camino en esta sociedad, a veces tan cruel y ajena a los demás, buscando siempre su salud emocional y mental y yo trato de hacer lo mismo convirtiendo el estigma en estima hacia mí y hacía los demás.
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