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Cuando tenía 15 años mi madre...

"Cuando tenía 15 años mi madre..."

Otro anónimo

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febrero 23, 2017

EstigmaFamiliaRecuperación

Cuando tenía 15 años mi madre se puso mal, sufría mucho y tenía alucinaciones, su mirada era distinta y perturbadora, mi padre y yo la cuidamos y con ayuda de un tío (porque ella llegaba a ponerse un poco violenta) fue llevada a un psiquiatra quien le diagnosticó esquizofrenia. Esta fue la primera vez que vi a mi padre quebrarse en lágrimas y yo también me quebré de no saber qué iba a suceder con ella y con nosotros. Mi madre fue hospitalizada en Essalud y mi padre se quedaba con ella todas las noches y yo durante el día. Aprendí a sobrellevar sus alucinaciones y la llevaba a pasear por los jardines a recoger flores, en algunas ocasiones ella caía en episodios depresivos y mencionaba su intención de quitarse la vida. En ese momento yo solo sentía mucho amor por ella y todo era nuevo para mí, cuando mi madre mejoró volví al colegio pero nunca comenté y nadie tampoco me preguntó qué era lo que ella tenía, era eso de lo que nadie habla y si no lo hablas no existe. Cuando mi madre fue dada de alta, aún no era ella misma, mantenía su mirada perturbadora y algunas ideas obsesivas y alucinaciones, en ese momento ocurrió mi primer encuentro con el estigma, el estigma de una hija hacia su madre, yo no la quería mirar, sus ojos me perturbaban y ella lo percibía y le dolía mi frialdad, ella me buscaba en casa y yo la evitaba, evitaba su mirada y le temía a la mujer que más amor me había dado en toda mi vida. Con el tiempo ella volvió a la normalidad y abandonó la medicación.

Algunos años más tarde el episodio se repitió pero yo era más madura y sabía que era una “crisis” de mi mamá, la internaban y la cuidábamos día y noche hasta que le daban de alta y volvía a casa, todavía perturbada y con ideas obsesivas pero con la medicación ella mejoraba y luego, al sentirse bien abandonaba la medicación. Esto se repitió algunas veces más. Dentro de nuestra familia con nuestros primos y tíos de parte ella podíamos hablar de este tema y percibíamos su interés en ayudar ya que en la familia habían algunos casos de trastornos más leves, nadie había llegado al nivel de mi mamá. Fuera de ese círculo nunca comenté el caso de mi mamá a nadie ni hablé de su diagnóstico, pensaba que si la gente lo sabía nos tratarían diferente y nos tendrían miedo. Deseaba nunca ser como ella.

Cuando tuve 24 años me mudé, dejé mi tierra natal en la sierra y empecé a trabajar en Lima, con muchos sueños y una carrera prometedora, iniciaba en ese año los estudios de maestría y me sentía dueña del mundo… poco a poco empecé a ser infeliz, nada era lo suficientemente bueno, terminé una relación de varios años sin mayor explicación, simplemente yo sentí que nunca lo había amado y ahora que podía “darme cuenta” finalizaba la relación, sentía que yo miraba todos los hechos de mi vida como si hubiese subido a un nivel más alto y pudiese ver todo desde arriba y todo era claro. También apareció el mal humor y el odio e ira incontrolable. Se incrementó el apetito sexual. Empezaron los dolores de cabeza y llanto, temblaba y empecé a faltar al trabajo, solo despertaba un día y mi cama estaba mojada de lágrimas y me dolía todo el cuerpo y no tenía fuerzas para hacer hacer nada. Mi jefe aceptaba mis inasistencias “a cuenta de vacaciones” porque siempre había demostrado un buen desempeño. Cuando estaba en el trabajo empecé a sentir que no podía respirar, o empezaba a llorar de la nada y también empezaron los dolores de cabeza más continuos y fuertes que hacían que abandonara mi trabajo a cualquier hora y me encerraba en casa sola a llorar hasta quedarme dormida. A veces solo deseaba desaparecer y las ideas suicidas rondaban mi cabeza.

Fue cuando decidí buscar ayuda y un primo me recomendó a una psiquiatra, esta doctora me diagnosticó depresión e inicié la terapia pero ella tenía unos métodos un poco raros que yo nunca había escuchado, empezó con las constelaciones familiares, inclusive llegó a hacerme hipnosis pero yo no mejoraba así que empezó la medicación con antidepresivos y yo sentí por primera vez el estigma hacia mí misma, pensé “debo estar loca, tal vez tengo algo heredado de mi mamá y es lo que tanto he pedido que no me suceda nunca”. Abandoné mi empleo, renuncié argumentando mil pretextos ya que no me querían dejar ir. Abandoné la maestría ya que me “había dado cuenta” que nada de eso era importante, lo único importante era estar con mis seres queridos y empecé a viajar constantemente a casa a ver a mi mamá y a mi papá quien estaba muy enfermo y recientemente había sido diagnosticado con una enfermedad degenerativa que no tenía cura.

Hasta ese momento no me había dado cuenta que yo no tenía solo una depresión sino más bien que yo vivía en una montaña rusa, subiendo y cayendo y la caída que tuve luego fue la más grande de toda mi vida, me enojé tanto y mi depresión y vacío en ese momento era tal que intenté suicidarme, es mentira eso de que las personas que intentan o cometen suicidio son egoístas y que huyen de los problemas, simplemente no existe problema, nada importa y nada vale la pena simplemente es tanto el vacío y tanta la confusión que la vida no importa, no vale nada y por eso mismo decides desaparecer por voluntad propia ya que nada tiene sentido. Intenté suicidarme dos veces más. Cuando uno cae tan abajo, solo tienes una opción que es subir, ya no hay más abajo a donde caer. Recibí todo el amor y atención de mis padres y hermanos y tratamiento ya que tuve la bendición de que mi madre y yo fuéramos atendidas por un psiquiatra muy capaz quien diagnosticó a mi madre con trastorno bipolar, ella mencionó haber tenido crisis desde sus 20 años pero nunca había recibido tratamiento ni diagnóstico apropiado.

En tratamiento con este médico probé muchas medicinas que me tenían zombie, en fin, pregunté al psiquiatra cuál era mi diagnóstico y me dijo que era muy probable que yo también tuviese trastorno bipolar, ese día sentí un duro golpe, tuve miedo y una sensación de tristeza de pensar que nunca más volvería a ser yo misma, que necesitaría tratamiento el resto de mi vida, que nunca sería “normal” que nunca volvería a trabajar ni a estudiar ni me casaría ni tampoco tendría hijos “para no heredarles la enfermedad”, me sentí devastada, todos mis sueños se habían roto, continúe probando muchas pastillas y lidiando con la ansiedad y la profunda depresión, tuvo que pasar un año hasta que pudimos encontrar la medicina y dosis apropiada para mí, luego de tomar esa medicina mi vida cambió, también inicié terapia y en tres meses ya tenía empleo, mi meta era mejorar y mantenerme estable. Cuatro meses después estaba en Lima nuevamente trabajando, había dejado a mi familia pero volvía cada fin de semana a verlos. Yo no tenía vergüenza ni miedo de hablar sobre el trastorno bipolar que padecía, yo me sentía una sobreviviente fuerte y capaz que había logrado levantarse de lo más bajo a donde una persona puede llegar, esto me duró hasta la entrevista con el médico ocupacional quien me preguntó el porqué de mi tratamiento declarado en el examen médico de ingreso, mencioné el trastorno bipolar y vi su rostro cambiar, me dijo que padecer trastorno bipolar era un “NO APTO” pero que él me veía bien y que me guardaría el secreto pero que nadie más podía saberlo. Ya antes me había encontrado con el estigma de distintas personas y hasta de mi propio hermano, (y de la doctora cachetada también), personas que te juzgan y dicen que es un berrinche, que es engreimiento, que buscas llamar la atención, falta de madurez, que no fuiste bien criada por tus padres, una vez respondí a un ex compañero que si todo eso fuera cierto yo nunca hubiese sido capaz de terminar la universidad, ni encontrar empleo ni manejarme bien en la vida con la responsabilidad que siempre me había caracterizado, que me enfermé y tuve que enfrentar emociones multiplicadas por un millón y que cualquier persona hubiese reaccionado igual o peor que yo. Encontré estigma en mi propia familia, primos míos que a mis espaldas decían que yo fingía todo.

Empezó mi época en la que ya no hablaba del trastorno bipolar y este se convirtió en un secreto. Una mañana recibí una llamada, mi tía me contaba que un primo lejano mío se había suicidado. Días más tarde me enteré que mi primo padecía trastorno bipolar, su familia se sorprendió de saber que yo también, sí yo supuestamente “estaba bien”. Sentí que era estúpido intentar tapar el sol con un dedo, entre la familia donde tenemos la incidencia de esta enfermedad debemos tendernos la mano, comunicar los síntomas y estar alertas para actuar antes de las tragedias.

Durante un tiempo vi al trastorno bipolar como un enemigo, algo muy malo que me había sucedido, que me hizo “perder” 2 años de mi vida, perder mi empleo, perder mis estudios, pareja, etc. Hasta el día en que hice las pases con él y entendí que fue una bendición porque gracias a él volví a casa y viví con mi padre sus últimos días, me hizo entender que el amor cura y me obligó a sentir el amor verdadero intenso e inmenso en mi corazón, en mi cerebro y en todo mi ser, aprendí a amarme mucho más que antes y aprendí a conocerme y conocer al trastorno y anticiparme a mis cambios, a tener empatía, ternura y a ser buena conmigo misma y con los demás, a no tener miedo de expresar mis emociones y debo reconocer que ahora “puedo ser feliz multiplicado por un millón” y eso es fantástico y es un regalo de Dios. Vivo agradecida todos los días inclusive los días en que estoy de caída porque todo tiene una razón de ser… y por cierto todo lo que alguna vez “perdí” lo he recuperado y ahora es todo mucho mejor que antes. Agradezco a la vida y si hubiese sabido que mi vida iba a ser tan maravillosa nunca hubiese intentado acabar con ella.
P.S. pienso tener muchos hijos y no tengo miedo de que hereden el mismo trastorno que yo, eso solo haría que los ame más.

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