La salud mental ha sido un asunto importante y recurrente en mi vida y en la de mi familia. Al igual que alguna de las personas que ha compartido su historia, a los trece años me diagnosticaron con depresión mayor y distimia. Tenía interconsulta entre psiquiatría y psicología. Se me hace difícil de olvidar que el día que me dieron el diagnóstico, mi papá me miraba con un poco de temor, como si de algún bicho raro se tratase.
Fueron largos años donde todo costaba y la mejoría era muy paulatina. Ahora sé que además era muy costoso. Una de las cosas más dolorosas que me dijo la psiquiatra que me atendía fue que mi mamá tenía problemas también y que su cercanía no me hacía bien. En el fondo lo sabía, pero no es fácil de aceptar.
Los años pasaron y cuando cumplí 21 tuve que encargarme de un episodio muy violento de mi mamá. Mi depresión seguía ahí, por supuesto, pero ella era la que necesitaba toda la atención. La llevé al Hospital Larco Herrera que quedaba cerca y era todo cuanto podía pagar. La diagnosticaron con esquizofrenia paranoide. Incluso siendo un hospital estatal y dándonos el médico las recetas en genérico, el esfuerzo por pagar las terapias y sus medicinas era inmenso. Es realmente increíble que en este país cueste tanto poder tratar a una persona con estas enfermedades.
Años después, en el 2012, me detectan epilepsia espasmódica, que si bien no es propiamente una enfermedad mental, el neurólogo me explicó que hay alguna vinculación en la que, generalmente quien padece epilepsia tiene alguna enfermedad mental más o menos grave según el caso. La respuesta de mi propia familia: no le andes contando a nadie de estas cosas. ¿Por qué? ¿Es mi culpa haber nacido con estos males? ¿Me hace menos que alguien?
Poco a poco el cuadro de mamá mejoró y ella misma no quiso volver al médico o a la terapia. Su mejoría era notable y dejamos que no volviese. Pasaron nuevamente los años hasta que en enero del año pasado ella sufrió dos isquemias en la misma madrugada. La trasladaron al Hospital Loayza, donde una semana después, le dieron de alta con diagnóstico de ACU isquémico y esquizofrenia paranoide. Esta vez volvió para quedarse. No recordaba los nombres de sus hijos. Ni de su nieta. Sólo algunas cosas de su presente o de su pasado. Olvidó que fumaba. Se volvió como una niña pequeña. Fue una época realmente dura y dolorosa. No hablaba fluido e imaginaba mucho. A veces lloraba de la nada por lo que imaginaba, además. Se había remontado a su infancia.
El dinero sucio y necesario nuevamente estaba en medio. El dinero que podía ofrecerle no me alcanzaba para los cuidados que realmente necesitaba. Podía costear la dieta que le recetaron, la medicación que necesitaba, los eventuales pañales que necesitó, la lavandería de su ropa, pero siempre creí que necesitaba una ayuda especializada permanente y nunca pude ofrecerle eso o un internamiento en algún lugar de calidad para que se sienta mejor y ponga de su parte. Ella en sus ratos de lucidez se daba cuenta de su estado y se deprimía y yo iba cayendo más y más también. Me sentía tan inservible y tan impotente y a la vez tan responsable de no caerme.
Nadie quiso visitarla así. Nadie vino a verla. Ni sus hermanos, ni sus primas, ni sus sobrinos. Todos sabían que estaba enferma. Nadie quiere tener que ver con una persona enferma. Menos si la enfermedad está en la cabeza. Menos si es tan cara. No entiendo porqué ningún seguro (salvo el SIS) cubre salud mental cuando es TAN CARO acceder a ella una vez incluso superado el estigma social y el propio.
Poco a poco se hundió en la depresión. Dejó de querer salir a pasear. Al poco tiempo dejo de salir de su habitación, muy poco después se postró en cama. Vivió casi siete meses después de los ACU y falleció durmiendo. Como es de imaginarse, el luto fue más duro y más intenso de lo que podría haber sospechado. Llegué a ese abismo e incomprensión del que todas las personas con depresión que han dejado su testimonio aquí valientemente comentan y, a un paso de que sea muy tarde decidí buscar ayuda. Ahora estoy nuevamente medicada y en interconsulta. Mejoro poco a poco.
Y sí, lo más difícil del día a día es escuchar «pon de tu parte», «todo está en tu mente» o «es cuestión de actitud» entre las peores está «no seas una persona tan negativa». Quizás si unimos esfuerzos se comprenda que las enfermedades mentales son tan enfermedades como la gripe o el dolor de muelas. Que no «depende de uno» que aparezcan o no y, por supuesto, nadie tiene «la culpa» de padecerlos.
Y cuando te dicen x aquí q no estas solo, solo porque te estan leyendo? Eso me molesta mucho la verdad. En el día a día sigues igual de solo